Una noche - Alejandro Sanz y The Cors

 Una noche es una canción de Alejandro Sanz  The Cors de principos de los 2000's

 

DespuésDe pensar, después de verA mi dolor andar Sobre el agua del mar
 
Tibia claridadQue vi por mi calle pasarSin saber qué hacerSi sentir o pensar
Solo que aún hoy Sigo aún, aún hoy Sigo ata-Atandome a ti
 
Aún hoy mi amor te doyMi cuerpo con almaSe esconde del sol
 De noche se escapaAún hoy, aún hay
 
¿Qué esconde la noche?Va a aguardar entre nosotros dosO sentir o pensarSe me lleno de luz la nocheEs porque yo vi nadar Delfines en tu voz
 Y sentir sin pensar
Solo que aún hoySigo aún, aún hoy Sigo amán-Amándote a ti
 
Aún hoy (aún hoy), mi amor (mi amor), aún hay (aún hay)Dos cuerpos con almaSe esconden del sol (sol)De noche se escapan
 Aún hoy (aún hoy), aún hay (aún hay)
Solo que aún hoySigo aún, aún hoy Sigo amán-Amándote a ti (amandote a ti)
 
Aún hoy (aún hoy), mi amor (mi amor), aún hay (aún hay)Dos cuerpos con almaSe esconden del sol (sol)
 De noche se escapanDe noche se danLos cuerpos las almas
 Aún hoy (aún hoy), aún hay (aún hay)Aún hoy, aún hay
Eh-eh-eh(Oh, oh)Aún hoy (aún hoy), aún hay (aún hay)Eh-eh-yLos cuerpos las almasAún hoy (aún hoy), aún hay (aún hay)
 

 01 El adiós


– ¡Quiero que a partir de hoy consideres esto terminado. No me gusta como me tratas, ni como me hablas, y no lo voy a aguantar, así que. ¡Adiós! -exclamó Martín
– ¿¡Ah sí!? pues dejame decirte que me ganaste, yo tenía tiempo queriendo terminar, pero no era yo la que quedaría como la mala, la histérica, como siempre me decías o la exagerada, quería que terminaras tú. Y mira, lo logré -exclamó Gabriela alterada.
– Pues ya no pude aguantar más, desde hace tiempo quería terminar, pero me habían faltado los huevos para hacerlo. Que bueno que ya los tuve, y espero nunca volver a encontrarme un ¡Loca! como tú.
– Pues eso espero, yo tampoco quiero volver a encontrarme un machista, misógino e impotente como tú.

Colgaron la llamada, y después de unos minutos de silencio en ambos bandos, comenzó a crecer la ansiedad, de la que estaban dispuestos a luchar y a superar ambos; en ambos lados había arrepentimiento por las palabras dichas, se mezclaban el coraje del momento con recuerdos felices y eso les causaba una gran inquietud.

Martín era psicólogo, trabajaba por su cuenta, atendía pacientes y también en ocasiones iba a algunas empresas para dar asesorías en integración de personal, algunas dinámicas o conferencias sobre la mentalidad de los trabajadores, la idiosincrasia del trabajador mexicano y dar recomendaciones en general.

Gabriela trabajaba como jefa de Mercadotecnia en una empresa de servicios, se dedica a crear campañas publicitarias para los clientes que así lo solicitan, así como a diseñar los logos, los flyers, también se encargaba de registrar los logos de sus clientes ante el Instituto de Propiedad Intelectual.

Gabriela es tez blanca, cabello castaño y lacio, ojos claros, labios delgados, no es tan baja de estatura, pero tampoco es muy alta, mide 1.55, tiene figura delineada, sus curvas son visibles aunque no use la ropa tan entallada, busto mediano, caderas no tan anchas, viste de manera casual y discreta, pantalón de vestir, blusa con cuello descubierto, con algún saco y con zapatos de tacón. Ella considera estar en su mejor edad, pues a sus 28 años se considera así mismo exitosa.



Martín tiene 34 años, cabello rizado rebelde, de tez moreno claro, por su profesión de asesor y terapeuta viste más formal, según sus palabras, esto le hace ganar autoridad ante pacientes y extraños, generalmente pantalón de gabardina, con un cinturon del color de pantalón, zapatos cafés o negros, camisa de vestir con corbata y un blazer generalmente azul o marrón.  1.77 de estatura, de complexión delgada, incluso podríamos decir que es flaco.



Gabriela de temperamento irascible, gesto adusto mientras trabaja, perfeccionista en todo lo que hace, Martín desenfadado y más sociable, hacían que los temperamentos de ambos fueran la debilidad del otro.


02. El proceso de Martín


La llamada con la ruptura lo destruyó. Machista. Misógino. Impotente. Esas palabras le traspasaron el alma, daba terapia a pacientes machistas, misóginos e impotentes, aseguraba ayudarlos, estaba seguro que o hacía, y ahora esas palabras se las decían a él, las repasaba una y otra vez en su mente, por las noches se despertaba sudando y temblando, gritaba con una almohada en su boca para ahogar el sonido del grito, decidió que iba a empezar una nueva vida; su preparación como psicólogo le daban las herramientas teóricas para superarlo, pero en la práctica no era tan sencillo.

Por las noches padecía insomnio generalmente, sin darse cuenta recordaba aquél viaje a Monterrey que hizo con Gabriela, el paseo en Santa Lucía, la comida en el Rey del Cabrito, la noche en el hotel, recordaba los besos, las caricias, la manera como la hizo suya.

Intentaba ver su foto de perfil en las redes sociales, pero Gabriela lo había bloqueado de todos lados y su ansiedad aumentaba más y más.

Antes de ir a su consultorio, durante la ducha, recordaba las veces que se ducharon juntos, ambos cuerpos desnudos cubiertos de jabón, como sus manos resbalaban por la piel mojada de Gabriela y como ella con sus manos empujaba la nuca de Martín hacia su cuerpo.

En el trabajo en ocasiones mientras tenía paciente, en lugar de escuchar al paciente, recordaba las largas pláticas con Gabriela mientras tomaban un café y se platicaban uno al otro su día. Se descubría disculpándose con el paciente pidiéndole repetir otra vez, o fingiendo escribir mientras le decía al paciente “Te escucho” aunque no era verdad.

En su casa, el silencio era peor, trataba no estar ahí, llenó toda su agenda para irse muy temprano y regresar muy tarde, pero inevitablemente llegaba ese momento de la soledad de la casa, el frío de la noche. Los pensamientos que lo habían atormentado todo el día volvían a aparecer con mayor fuerza, repetía una y otra vez cada recuerdo del viaje a Monterrey de hacía dos años, repasaba una y otra vez la última discusión, repasaba una y otra vez las razones por las que era mejor terminar y buscaba una y otra vez razones para regresar.

Cerca de la casa de Martín hay un gimnasio, así que se compró unos tenis, una playera deportiva con el escudo de su equipo favorito, una banda para el sudor de la frente y se inscribió en el gimnasio, convencido así que, con el desgaste del cuerpo, vendría el alivio de la mente, sin embargo entre rutina y rutina aparecían recuerdos de Gabriela, aquél viaje a Mazamitla, desayunando y tomando chocolate caliente, ambos con un gorro en la cabeza, platicando y besándose.



Ingreso a un club de lectura, tenía muchos libros en su consultorio de los cuales, había leído realmente muy poco, así que pensó que en un club de lectura y el gimnasio podría mantener la mente ocupada fuera del trabajo el mayor tiempo posible, pero cuando alguien más leía en el club de lectura, más que en el libro, su mente estaba en los recuerdos del viaje a México y de las fotos que tenían en la torre Latinoamericana de hacía apenas unos meses atrás

Los fines de semana salía a caminar por las mañanas, pero en cada persona, en cada gente veía a Gabriela, recuerdos azotaban su mente como látigos castigando su espalda, hermosos recuerdos que generalmente terminaban recordando como la hacía suya; se tomaba un café mientras leía un libro, de esos que tenía en su consultorio que nunca había leído, pero que le daban la apariencia de ser un tipo intelectual, sin embargo aún ahí aparecía Gabriela.



A veces recaía y terminaba en un bar, escuchando canciones que le recordaban a Gabriela, lo hacían llorar y terminaban por atrasar su recuperación, “Por debajo de mesa”, “No sé tú”, “El triste”, “Navidad sin ti”, “Una noche”, hacían que Martín temblara, llorara de ansiedad y desesperación, solo para al día siguiente, entre resaca y depresión decidiera seguir adelante con su proceso de superación.

El calendario se fue deshojando, al igual que los árboles, y Martín cada vez sentía menos la ausencia de Gabriela, estaba marcado del estómago, producto del tiempo invertido en su cuerpo, esa foto que tenía en el buró justo al lado de su cama que había tirado al piso, ahora ya no estaba tirado, está guardado en una bolsa negra que se disponía a tirar; esa cajetilla de cigarros que fue la última que se fumo Gabriela en su casa y que Martín tanto guardó, ahora habitaba en esa misma bolsa negra, junto con unas cartas, unos libros, algunas otras fotos y un peluche. Las fotos en la nube que tenía en un album especial llamado “Gabriela y yo” ahora están dentro de una carpeta segura donde se requiera contraseña para entrar, aunque nunca tuvo el valor de borrarlas, si lo tuvo para quitarlas de la galería. Un día Martín se despertó un sábado, se preparó un café, se asomó por la ventana de su departamento del tercer piso y descubrió algo que le encantó. Por fin ya no dolía, ahora por fin veía pasar justo al pie de su departamento esa tibia claridad que tanto estaba buscando.

03. El proceso de Gabriela


Después de colgar la llamada, las palabras de Martín resonaban en su mente “Loca”. “Exagerada”. “Histérica”, la gente siempre le decía “Loca” cuando mostraba alguna idea para alguna campaña, y esa palabra es la que menos esperaba escuchar de quien, se suponía debía darle calma y seguridad, “Exagerada”, “Histérica” palabras que la hacían pensar que sus sentimientos no eran tomados en cuenta, minimizados y sobajados pensando que sus reacciones eran más que nada sobre reacciones. Su gesto adusto en el trabajo y su carácter irascible, la hacían poco sociable y ahora Martín venía a decirle Exagerada e Histérica, dos palabras que la lastimaban profundamente.

Las noches eran peor para Gabriela, aunque dormía, no descansaba, casi diario soñaba con Martín, mientras se duchaba en la mañana, recordaba las veces que Martín había dormido en su casa, recordaba su mano empujando la nuca de Martín a su cuello y las manos de Martín resbalando por su piel mojada. Recordaba el café que se tomaban antes de salir juntos cada quien a su trabajo, recordaba como Martín olía a mujer, después de bañarse con un jabón de mujer, y como el olor de su perfume quedaba impregnado en la ropa de Martín después de darse un abrazo y un beso de despedida. Le daba risa a Gabriela porque pensaba que si otras mujeres olían a Martín, iban a oliera ella y sabrían que Martín no estaba disponible y eso le provocaba satisfacción.

Ver a Martín “En línea” era un martirio para ella, las ganas de escribirle o pasar por sus redes sociales, a ver que había de nuevo, era algo que no soportaba por lo que decidió bloquearlo de todos lados

Pero ahora era distinto, se duchaba sola con los recuerdos que le lastimaban como si estuviera recostada en una cama de pinchos de faquir, desayunaba sola intentando no recordar a Martín, repasando una y otra vez en su mente los pendientes del día, esforzándose por encontrar ideas de un logo que le habían encargado, tratando de repasar mentalmente la lista del super para que no se le olvidara nada y también para no pensar en Martín.

Gabriela necesitaba sentirse deseada, escuchada, útil, pero no quería conocer a ningún tipo cualquier bar, un tipo que solo quisiera acostarse con ella y ya, ella necesitaba sentir más que eso, así que comenzó a convencer a sus amigas a ir a conocer gente, a esos lugares donde son citas rápidas, en ambiente controlado y seguro, platicó con muchos hombres, pero siempre, de manera inconsciente los comparaba con Martín.

También decidió ir al gimnasio, y ahí sentía la mirada de los hombres que la miraban con deseo, pero ella solo recordaba cómo la miraba Martín y como le decía al oído “Me gustas mucho”.

Salía con sus amigas, iba a conciertos, visitaba a su familia y se iba en ocasiones de viaje, pero en sus viajes solo pensaba en que sería mejor y más divertido si estuviera Martín.

En el trabajo en la pantalla del computador mientras pensaba ideas, aparecían en el monitor las palabras Loca. Histérica. Exagerada, los insultos que le había proferido Martín en esa última llamada y tenía que salir a tomar aire, a fumar un cigarro o solo a tomar algunos minutos para reponerse.

Buscó antiguos compañeros de escuela o de trabajo, busco algunos ex novios, no quería salir con desconocidos, y tampoco quería cerrarse a la posibilidad de volverse a enamorar.

Al igual que Martín iba a tomarse un café mientras leía noticias en la laptop o veía y escuchaba algun tutorial que necesitaba aprender para hacer mejor su trabajo



Un día de otoño, todo cambió, se dio cuenta que cada vez pensaba menos en Martín, no supo exactamente cuando lo olvidó, pero sucedió, ya no pensaba en las manos de Martín, ni en las noches que la hacía suya, día por fin salir con alguien sin compararlo con Martín, podía trabajar sin ver en el monitor la palabra hirientes que le dijo Martín en esa última llamada. Las fotos en su galería seguían donde mismo, ella no necesito borrarlas, solo un día, sin darse cuenta comenzó a ignorarlas, además que nuevas fotos fueron apareciendo. Las fotos en porta retrato en su casa fueron desapareciendo. Igual que Martín encontró un día pasando por afuera de su oficina, esa tibia claridad que tanto estaba buscando. Le había dejado de doler.

04. Sentir sin pensar


La tibia claridad había llegado para ambos, en diferente tiempo, pero sin duda había llegado, pero esa tibia claridad, donde no es fría ni caliente es muy frágil, y el destino les tenía preparado un exámen final.

Un día cualquiera, Martín había ido a dar una asesoría al departamento de Recursos Humanos de una empresa, Gabriela fue a visitar a un cliente, hay destinos que estando en ciudades pequeñas nunca se cruzan y otros que estando en grandes ciudades están destinados a encontrarse varias veces, en esta ocasión, era una ciudad pequeña con un destino muy traicionero.

Cada quien en su vehículo se encontraron en el semáforo en rojo. Martín la vió y pudo sentir el recorrer de su sangre por dentro, una taquicardia y el apretar de mandíbula, ella no lo había visto aún, pero cuando lo vio, sintió algo muy similar a Martín. 

Ambos pensaron que habían superado, que habían avanzado; ambos abrazaban esa tibia claridad como se abraza lo que mas se quiere, lo que tanto se ha buscado. Pero cuando se vieron, ambos soltaron esa claridad tan deseada.

–Gaby, ¿Cómo te va? - balbuceo Martín
–Hola Martín. Muy bien. ¿Tu que tal?
– Muchas cosas han pasado por aquí. ¿Un café para ponernos al día?
Gabriela dudó por un instante, pero su sentir fue más fuerte que el pensar.
– Claro, nos ponemos de acuerdo. Mándame WhatsApp y vemos
– Pero, me tienes bloqueado
– Es cierto, no me acordaba, tengo el mismo número. Márcame para organizarnos
– Muy bien, mas tarde te llamo y ambos siguieron su camino con la luz verde

Ese mismo día Martín decidió llamar a Gabriela, que sin saberlo Martín, Gabriela estaba esperando la llamada, como una niña de secundaria espera la llamada de su novio. Quería desbloquearlo, pero no quería que Martín se diera cuenta que ese encuentro en el semáforo la marco tanto, así que se contuvo y no lo desbloqueó, hacerlo era tirar la barrera emocional que le había costado tanto construir.

– Gabriela, soy Martín. ¿Podemos tomarnos ese café hoy en la tarde?
– Hola Martín, dejame ver, si no salgo tarde por el trabajo yo creo que sí -aunque solo era una excusa para no parecer ansiosa, claro que lo vería.
– ¿Te parece bien en el café de siempre? Sirve que recordamos viejos tiempos.
– Me parece bien, si puedo ahí nos vemos
– Excelente. ¿Como a que hora me confirmas?
– Yo creo que como a las 5:00 pm mas o menos, y nos vemos a las 6:00. ¿Te parece?
– Me parece muy bien, entonces espero tu confirmación.



Gabriela estaba esperando las 5:00 p.m para confirmarle a Martín, cuando llegó la hora por fin lo desbloqueó y le mandó un mensaje confirmando la cita. Al ver el mensaje de Gabriela y saber que por fin lo había desbloqueado, hizo que el sentimiento de Martín creciera.

Al momento de la cita, se saludaron de beso cordialmente y comenzaron a platicar, hasta que se hizo de noche.

– No sabes lo que me costó superarte -dijo Martín –fueron noches enteras de insomnio, pero por fin lo logré
– A mi tambíen me costó trabajo Martín, fueron varios años juntos, así que tampoco la pasé bien, pero al igual que tú lo pude superar
– Sabes Gaby, tengo 100 razones para convencerme de que terminar fue lo mejor, pero tengo un sentimiento que me dice que no te deje ir, que solo sienta, que no piense.
– No Martín, sería volver a lo mismo que ya vivimos, que ya pasamos, fue horrible, no quiero repetirlo
– ¿Tu ya no sientes nada?
– Creía que no, pero verte me despertó muchas cosas, me revolvió sentimientos, pero no puedo Martín
– Entonces aún hay sentimiento -se acercó queriendo besarla y ella al principio se alejó, pero poco a poco se fue acercando hasta besarlo
– Vamos a mi casa -dijo Gabriela- extraño mucho el olor de mi jabón en tu piel.
– Aún hoy, Gaby, aún hay de mí para darte
– Vamos, porque si no vamos hoy, no será nunca, si me doy el tiempo de pensar me alejare de tí, si te doy tiempo de pensar, te alejaras de mí. Hay que sentir y no pensar.

Así fue como Martín y Gabriela volvieron a estar juntos, eligieron sentir antes que pensar, porque si pensaban iban a terminar alejándose. El sentimiento ganó. ¿Fue lo correcto? Quizá no, pero era lo que menos les dolía.

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